—Je, je, je. Pensé que se había colado una rata, y resulta que era un huésped de cierta talla.
En la oscuridad, sobre la escalera, apareció un anciano vestido de seda; y, al contrario que su rostro de aire bastante bondadoso, en sus ojos entornados anidaba una frialdad de quien no tiene a las personas por personas.
Los ojos de Pung veían la energía de un amarillo ennegrecido que envolvía el cuerpo del anciano. Era densa y pegajosa, como si las raíces del veneno dispersas por toda la aldea se hubieran apelmazado en una sola, y parecía pudrir las entrañas antes aun de tocar la piel.
Hyeonheo dio un paso al frente.
—Ese es el emblema de la familia Dokgo. Dokgo Muheun, tú, que antes de la aniquilación del clan fuiste anciano del pabellón exterior de una rama colateral, ¿qué haces en un sitio como este?
Dokgo Muheun no escondió el viejo emblema bordado en la manga.
—Conque seguía vivo el testarudo de Hyeonheo. Y con la misma manía de vocear si esto es recto o aquello demoníaco.
—¿Entrabas y salías de la Alianza Marcial en nombre de la secta ortodoxa mientras entregabas personas a la Secta Demoníaca?
—Donde hay fuerza y provecho, ahí está el camino. Tanto la vieja secta ortodoxa como la frontera entre lo recto y lo demoníaco serán barridas dentro de poco. Yo únicamente me he adelantado a ocupar mi sitio en el mundo que ha de venir.
Eran palabras demasiado grandes para la boca de alguien escondido en una hacienda de la frontera que llamaba material a las personas, y sonaban como si a la espalda de Dokgo Muheun hubiera alguien mucho más grande. Pero ahora, con los soldados privados desbordándose por los pasadizos y la escalera, no había tiempo de indagar en aquel trasfondo.
A ojo eran varias decenas. Las energías que se reflejaban en los ojos de Pung eran todas ásperas y duras, y dentro del cuerpo de Dokgo Muheun se agazapaba una corriente mucho más honda y siniestra.
—Las bocas vivas nunca callan del todo. Si habéis visto algo, bastará con que quedéis enterrados aquí.
Dokgo Muheun levantó la mano.
—No dejéis salir vivo a ninguno.
El sonido de las armas al desenvainarse rascó la cavidad del sótano. Hyeonheo se remangó, dejando a Pung y a A-yeong tras de sí, y cuando de aquel cuerpo enjuto brotó un aura densa, los pies de los soldados que se acercaban se frenaron sin querer.
—Danpung. Te encomiendo a A-yeong y a los encerrados.
—¿Y usted, señor?
—Yo me encargo de esa vieja serpiente venenosa.
En vez de responder, Pung apretó una vez la mano de A-yeong y la soltó; la gente de las jaulas no podía huir ni esquivar las hojas. Alguien respiraba apenas apoyado en los barrotes de hierro, y el niño acurrucado en un rincón miraba afuera con ojos turbios.
De espaldas a ellos, Pung alzó ambos puños.
Los soldados se lanzaron a una.
Hyeonheo pateó el suelo medio tiempo antes. Cuando el cuerpo viejo hendió el aire y se disparó hacia la escalera, tres guerreros que le cerraban el paso salieron despedidos contra el muro de piedra arrastrados por la palma, y él atravesó la brecha abierta y se abalanzó directo sobre Dokgo Muheun.
—¡Tu rival soy yo!
Los soldados restantes se derramaron hacia Pung, A-yeong y las jaulas de detrás. En aquella cavidad estrecha era difícil que muchos blandieran las armas a la vez, pero cada pasadizo estaba atestado de tropa, y en el hueco del caído se apretaba enseguida otro.
Pung reunió energía en ambos ojos. Los meridianos que corrían por sables y lanzas emergieron como decenas de hilos de agua, y vio con claridad la punta del sable que buscaba primero su cuello y el filo de lanza que se colaba hacia su costado.
Torciendo el cuerpo, Pung dejó pasar el primer sable y golpeó hacia arriba el codo del guerrero con el dorso de la mano; mientras el arma se elevaba, le presionó el punto vital bajo la axila y el hombre se desplomó sin fuerzas. La lanza que llegó después la desvió agarrando el astil, y coceó con el talón la rodilla del lancero arrastrado hacia él.
A un lado cayó un sable curvo, y Pung se metió medio paso, enroscó y torció la muñeca del contrario y empujó su cuerpo para cortar el paso a los dos que venían detrás. Los caídos gemían de dolor, pero seguían respirando; para no acabar con sus vidas y a la vez impedir que se levantaran, las yemas de sus dedos necesitaban una fuerza aún más precisa.
A-yeong también desenvainó su espada corta. Mientras Pung apartaba una lanza, ella se agachó y cortó la espinilla de un guerrero, y al girarse golpeó hacia arriba la mandíbula de otro con el puño de la espada. Cuando un soldado tambaleante tendió la mano hacia la espalda de Pung, A-yeong le pisó la muñeca y gritó:
—¡Yo cubro la retaguardia, tú tapa el frente!
Sin tiempo ni de contestar, Pung saltó entre los filos que se agolpaban; si esquivaba uno, venían dos superpuestos, y si derribaba a tres, del pasadizo asomaban cuatro. Con el flujo de los meridianos llenando por completo su vista, las sienes le ardían y por dentro de los ojos sentía un dolor como de agujas.
Aun así, pensando que no debía perder nada de vista, intentó sujetar más corrientes todavía. Al querer leerlo todo, la espada de frente, el sable que se curvaba por la izquierda, la lanza que rozaba el suelo, el arma dirigida a A-yeong y hasta los pasos que pretendían colarse entre las jaulas, las distintas energías se enredaron y se extendieron en una sola masa.
Su visión se sacudió un instante.
Como si hubieran esperado esa grieta, dos guerreros se metieron en el ángulo muerto de Pung: una hoja buscaba el hombro de A-yeong; la otra, su costado.
—¡A-yeong!
Pung se lanzó y se coló entre ambos; abatió con la palma el lomo del primer sable y, torciendo el antebrazo, desvió a duras penas el filo que venía detrás. Con el chirrido del metal, la palma le quedó entumecida como si fuera a rasgarse, y la punta apartada rasgó superficialmente la ropa de A-yeong.
A-yeong contuvo el aliento con el rostro pálido, pero enseguida invirtió el puño de la espada y lo hincó en la boca del estómago del guerrero; también empujó con la espada corta otra lanza que entraba por encima del hombro de Pung, apretando los dientes.
—Yo también sé pelear. No intentes verlo todo tú solo.
Ante esas palabras, Pung reordenó su respiración desbocada: los ojos que veían los meridianos no eran un poder divino que se lo revelara todo. Cuanta más codicia pusiera, más podía perder justo el único filo que no debía perder.
Pung desechó sin miramientos las corrientes del borde de su visión, y hasta los sables que lo buscaban a él los dejó pasar si no eran mortales de inmediato. En cuanto escogió sujetar solo las energías dirigidas a A-yeong y a la gente de las jaulas, entre los hilos de agua enmarañados volvió a emerger un camino nítido.
Empujó hacia arriba con el codo el sable que entraba por la izquierda y, agarrando el hombro del soldado que se coló por debajo, lo arrojó contra el de al lado. No persiguió la espada que pasó cortándole el cuello de la ropa. En su lugar, pateó y partió el astil de la lanza que alguien intentaba introducir entre los barrotes de hierro, y golpeó el tobillo del guerrero que corría hacia la jaula del niño, derribándolo al suelo.
En cuanto decidió qué proteger, su cuerpo volvió a ser veloz.
A-yeong no dejó escapar la estrecha brecha que abrió Pung. Presionó el punto vital del soldado caído para cortarle el movimiento, y al que saltó desde el pasadizo lateral le robó la mirada fingiendo lanzarle la daga con un quiebro de muñeca. En el instante en que el otro se estremeció, el puño de Pung le alcanzó el pecho y, con un sonido sordo, el guerrero salió despedido hacia atrás.
Arriba, en la escalera, el intercambio entre Hyeonheo y Dokgo Muheun hacía retumbar los muros de piedra. Cada vez que se descargaba la palma de Hyeonheo, se desmoronaba el filo de un escalón y la ropa de seda de Dokgo Muheun ondeaba con violencia, pero una niebla venenosa de un amarillo ennegrecido se alzaba como una serpiente y le cerraba el paso al anciano.
Hyeonheo contuvo el aliento, rodeó la niebla por fuera y lanzó una palma; Dokgo Muheun giró el cuerpo, desvió a duras penas el impacto y sacudió ambas mangas, y unas finísimas agujas envenenadas destellaron bajo las antorchas.
Una de ellas rozó la manga de Hyeonheo.
Mientras la tela se teñía de un rojo oscuro, la energía de Hyeonheo vaciló un momento. Él taponó de inmediato con los dedos el punto vital cercano al hombro y levantó su energía interna para expulsar el aire venenoso, pero en esa breve grieta Dokgo Muheun retrocedió sobre la escalera derruida.
Pung reprimió las ganas de correr hacia allá: si abandonaba su puesto, desaparecía el muro que protegía las jaulas. No le quedaba más que confiar en Hyeonheo y apartar la lanza que tenía delante.
Del rostro de Dokgo Muheun desapareció la calma; cuando la siguiente palma de Hyeonheo le rozó el hombro, se tambaleó y se aferró a la baranda, y recorrió con ojos inyectados en sangre el fondo de la cavidad. Esa mirada se detuvo en las jaulas y en las vasijas alineadas en fila.
—¡Antes que dejar pruebas, mejor será enterrarlo todo!
Dokgo Muheun bajó la mano entre alaridos.
—¡Romped las vasijas! ¡No dejéis con vida a nada de lo que hay aquí dentro!
El corazón de Pung se desplomó.
En cada vasija, que llegaba a la cintura de un hombre, hervía un aire venenoso de un amarillo ennegrecido; los canales del suelo conducían al interior de las jaulas, y bastaba con que se rompiera una para que quienes llevaban tanto tiempo padeciendo el veneno no resistieran. Si se rompían todas, ni A-yeong ni Hyeonheo, ni nadie en este sótano, saldría con bien.
Varios soldados que oyeron la orden se salieron de la formación y corrieron hacia las vasijas. Cuando Pung fue a perseguirlos, sables y lanzas le cerraron el paso a la vez, y a su espalda se oía la respiración áspera de los prisioneros aferrados a los barrotes de hierro.
Bastaba con que diera un solo paso para que aquellos filos pasaran por detrás de él y se derramaran sobre las jaulas.
El guerrero que llegó ante la vasija más cercana alzó el sable con ambas manos.
Pung, de espaldas a los prisioneros, no podía moverse.
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