El dios marcial

Capítulo 19: El mendigo sucesor (後丐)

Capítulo 19: El mendigo sucesor (後丐)

Los tres pegaron ojo un rato en el pabellón en ruinas al otro lado del puerto de montaña y, antes de que despuntara el alba, volvieron a echarse al camino.

La tarde del tercer día, allí donde los montes se juntaban con los llanos, una alta muralla se dejó ver. Como correspondía a un pueblo en el que confluían muchos caminos, ante la puerta se enmarañaban carretas y viandantes, y los gritos de los porteadores y los relinchos de los caballos chocaban en medio de una densa polvareda. No eran pocos los guerreros que se dirigían a la Alianza Marcial, pero la mirada de los comerciantes del camino se posaba más a menudo en unos hombres de aspecto torvo que ocupaban el frente de la tienda de hierbas que en las jóvenes promesas ataviadas con ropas marciales nuevas.

En sus solapas llevaban bordada una cabeza de lobo negro.

Cuando uno de aquellos hombres tendió la mano, el dueño de la tienda de hierbas depositó encima la bolsa del dinero con el rostro endurecido; el hombre contó las monedas de plata, arrojó dos al suelo y le dio unos golpecitos en el hombro.

—Este mes el negocio va muy flojo.

—Por eso hay que protegerte. ¿Y si entraran ladrones?

Alrededor corrió una risa forzada, y un porteador que estaba cerca murmuró en voz baja mientras giraba su carreta:

—Esos de Heuksubang no cobran impuesto de protección, sino el precio de la vida.

Su compañero le clavó un codazo apresurado en el costado, y los dos desaparecieron entre el gentío antes de cruzar la mirada con los que llevaban la marca del lobo negro.

Heuksubang.

Pung cotejó en su interior aquel nombre con el emblema. En la tablilla obtenida en el sótano de Nohachon estaba grabada la misma cabeza de lobo, pero solo ahora sabía que la organización que usaba esa marca se llamaba Heuksubang.

—Es la misma marca que vimos en Nohachon.

—Si usan la misma marca, es muy probable que estén ligados. Aun así, habrá que esclarecer aparte qué compartieron y hasta dónde.

Hyeonheo, mientras frenaba las conclusiones precipitadas, examinaba con cuidado las manos y los cintos de los de Heuksubang. Pung abrió también levemente la visión de meridianos, pero solo alcanzó a ver una energía interna tosca y obstruida a trechos, y las huellas de una fuerza alzada a la brava. Los meridianos revelaban el rastro del entrenamiento, mas no decían por orden de quién habían hecho daño a nadie.

En ese momento, desde el callejón de enfrente estallaron el estruendo de unas cajas de madera al desplomarse y una sarta de insultos.

—¡Atrapadlo! ¡Rompedle las piernas a ese mendigo antes de que se escabulla!

Un mendigo joven, vestido de harapos, saltó por encima de un puesto de pescado y salió disparado a la calle mayor. El zurrón raído que llevaba a la espalda se bamboleaba y en una mano sostenía una calabaza de licor abollada; el cuchillo corto que arrojó uno de sus perseguidores le rozó la oreja y se clavó en un poste.

El mendigo, corriendo con el cuerpo vuelto, aún alzó la voz:

—¡¿Dónde se ha visto que por un trago de licor le tiren a uno un cuchillo?! Los señores que traen gente de la frontera y se la venden a un ilustre caballero de la secta ortodoxa a cambio de plata, ¿cómo pueden ser tan tacaños por unas monedas de vino?

A los de Heuksubang que había en el callejón les cambió el color de la cara. Los dos que guardaban la entrada le cortaron el paso, y los tres que lo perseguían intentaron taparle antes que nada la boca para que los transeúntes no oyeran más.

—¿Ha dicho que venden gente?

La voz de A-yeong se ensombreció.

Pung, en vez de responder, miró los pies del mendigo. Se tambaleaba como un borracho, pero cada vez que la punta del filo iba a alcanzarlo giraba el cuerpo medio dedo, y aunque se le abría hueco para escapar a la calle mayor, daba vueltas a propósito por donde había más puestos y más gente. No es que no pudiera huir: los había arrastrado hasta delante de los ojos de todos para que los de Heuksubang abrieran la boca.

—Échale la culpa a esas orejas tuyas, que oyen lo que no deben.

El perseguidor desenvainó el sable. El mendigo se agachó bajo un puesto y esquivó el primer tajo, pero los dos hombres que le cerraban el paso avanzaron a la vez y le taparon la retirada; de espaldas a la pared, apretó la calabaza contra el pecho y puso cara de agravio.

—Anoche me llamabais hermano y me ofrecíais hasta el acompañamiento, ¿y era tan gran secreto eso de que trasladáis gente al almacén de la puerta norte?

—Rajadle la boca.

La hoja cayó hacia el rostro del mendigo.

Pung ya había batido el suelo con los pies.

Cuando sus dedos golpearon el plano del sable, resonó un claro son de hierro. Mientras la punta desviada se hincaba en la tapia, dos sables se colaron por ambos lados, pero a los ojos de Pung la línea de la fuerza que iba del hombro al codo y a la muñeca era nítida. Escurriéndose medio paso a un lado dejó correr el primero, empujó el codo del otro hombre y, cuando las dos armas chocaron entre sí y se abrió un hueco, se metió dentro y presionó por turnos los puntos vitales bajo el cuello y en la axila.

Tac, tac-tac.

Los dos hombres se desplomaron sin fuerzas. Al que buscaba la cintura de Pung por la espalda le golpeó la muñeca la vaina de A-yeong; soltó el sable y, al retroceder, le oprimieron la nuca y cayó de rodillas.

Uno de los dos que quedaban metió la mano en el pecho, y antes de que las yemas rozaran el tubo de agujas envenenadas el bastón de Hyeonheo le aplastó el dorso de la mano.

—Más os vale no sacarlo.

Al contrario que su voz queda, la fuerza que cargaba el bastón pesaba como una roca. El último hombre abandonó a sus compañeros y huyó hacia el fondo del callejón, pero una piedrecilla que Pung lanzó de una patada le dio en el tobillo y no alcanzó a dar unos pasos antes de rodar por el suelo.

Pung comprobó deprisa el aliento y el pulso de los cinco caídos: ninguno tenía huesos rotos ni los meridianos del corazón dañados. Solo entonces tendió la mano al joven mendigo que seguía apoyado en la pared.

—¿Estáis bien?

El mendigo miró alternativamente la mano de Pung y a los hombres despatarrados por el suelo, y sonrió con todo el descaro.

—Ya lo creo que sí. Gracias a vos, este Makdong ha salvado hoy el pellejo y la botella de un mismo golpe.

Nada más levantarse, Makdong revisó la calabaza antes que su propio cuerpo, y cuando Pung se tragó una risa incrédula al ver la botella sin una sola grieta, A-yeong entornó los ojos.

—Ese cuchillo podías haberlo esquivado, ¿verdad?

—Si lo esquivaba, se me rompía la botella.

—¿Vale más una botella que la vida?

—Perdida la vida tampoco se bebe, así que quise salvar las dos. Solo que el camino era un poco enrevesado.

Pese a lo disparatado de sus palabras, la respiración de Makdong no se había alterado. La energía interna guardada en su dantian era bastante pura, y el flujo que le bajaba por ambas piernas era fino pero tenaz; de modo que si los de Heuksubang lo habían acorralado no era por falta de destreza, sino, con toda probabilidad, porque quería arrancarles de la boca la historia de la gente y de la puerta norte.

Makdong debió de sentir la mirada de Pung, porque achicó los ojos.

—Parecéis de pocos años y habéis tumbado sin herirlos a cinco mocetones armados. ¿No seréis por casualidad ese joven maestro que, dicen, salvó a unas personas bajo tierra en Nohachon?

Pung, sin querer, se volvió hacia Hyeonheo.

—Nos confundís con otros.

Cuando Hyeonheo dio un paso al frente, Makdong asintió sin borrar la sonrisa.

—Por supuesto que sí. Sois unos señores guerreros de lo más corriente que, al pasar, tumbaron a cinco hombres de Heuksubang en un abrir y cerrar de ojos, cómo no.

Sin indagar más, Makdong juntó las manos. En el hombro de sus harapos colgaba un nudo trenzado con varios retales, y en un costado del zurrón quedaba la marca de la Secta de los Mendigos, que tiene ojos y oídos en todos los rincones del mundo marcial.

—¿Sois discípulo de la Secta de los Mendigos?

—Un subalterno sin siquiera sobrenombre, pero con tener los pies rápidos y el oído fino me gano el pan. Como me gusta un poco el licor, algunos me llaman el Pequeño Mendigo Ebrio, aunque a mí ese nombre no me hace ninguna gracia.

—¿Por qué?

Ante la pregunta de A-yeong, Makdong se acarició la barbilla.

—¿No resulta demasiado mísero eso de «Pequeño»?

—¿Pretendes que a un mendigo le pongamos un «Gran» delante?

—Gran Mendigo Ebrio. Suena bastante rotundo.

A-yeong lo miró como si no diera crédito, y en la comisura de los labios de Pung se dibujó una sonrisa breve. Makdong, sin dejar de reír, registró el cinto de uno de los de Heuksubang y sacó una placa de bronce con la marca del lobo negro y un pedazo de madera. En la madera figuraban el carácter que designaba la puerta norte y la hora de entrada al almacén.

—Se diría que conocíais este emblema.

En vez de responder, Pung bajó la voz.

—Contadnos primero eso de que entregan personas como si fueran mercancía.

A Makdong se le fue la risa; observó a la gente agolpada a la entrada del callejón y condujo al grupo a la sombra honda de una tapia.

—Heuksubang es la banda que domina los callejones traseros de este pueblo. Usa el lobo negro por emblema y tiene su nombre inscrito en el último escalón de la Liga de la Senda Siniestra. Corre por todas partes el rumor de que de día cobran impuesto de protección y de noche apresan a gente sin familia. Últimamente desaparecen hasta recolectores de hierbas y ayudantes de médico.

Al oír lo de los recolectores de hierbas, el rostro de Pung se endureció, pero Makdong no preguntó la razón.

—Anoche, en la posada, oí a dos de esos parlotear borrachos. Escogen a los que traen de la frontera, los cargan en carretas y los mandan a la puerta norte, y decían que por los que sirven cierto señor de la secta ortodoxa paga más. Intentaba sacarles el nombre y el lugar de entrega cuando me pisaron la cola.

—¿Dijeron secta ortodoxa y no Secta Demoníaca?

—Eso dijeron, bien claro. Aunque no puedo asegurar que ellos conozcan en persona a la contraparte del trato. A los esbirros solo se les dice dónde entregar y cuánto van a cobrar.

Pung cruzó la mirada con Hyeonheo. En el libro copiado en Nohachon también constaban el número de personas enviadas al norte y las fechas, pero la contraparte del trato quedaba oculta tras una clave. Dokgo se había revestido de la identidad de un anciano de la secta ortodoxa y había estrechado la mano de la Secta Demoníaca; y aquí se decía que una banda dependiente de la Liga de la Senda Siniestra secuestraba personas y se las entregaba a alguien de la secta ortodoxa.

Los nombres de lo ortodoxo y lo demoníaco no servían de escudo alguno a los apresados.

—¿Sabéis dónde encierran a la gente?

Ante la pregunta de Hyeonheo, Makdong dibujó con la punta del pie, en el suelo de tierra, la puerta norte y el canal, y marcó dos almacenes pegados a la muralla.

—El lugar sospechoso es este. Cada noche entran y salen carretas con toldo y las ventanas están tapiadas por dentro. Pero aún no he conseguido pruebas de que haya gente encerrada. Dos discípulos jóvenes lo vigilaban por turnos, y como me han descubierto, habrá que cambiar primero las caras de los que vigilan.

Fuera del callejón silbaron dos veces, cortas, y la mirada de Makdong se volvió afilada; pisó un trozo de bambú que había rodado de debajo de las cajas derrumbadas. Parecía basura corriente, pero en la cara vuelta llevaba grabadas tres pequeñas muescas de cuchillo.

—Viene hacia aquí gente de Heuksubang. Si nos demoramos, quedará al descubierto hasta el grupo que vigila el almacén.

—¿No podemos comprobar ahora el almacén?

Al preguntarlo, Pung recordó la vasija del sótano de Nohachon. Cuando el enemigo, olfateando el peligro, quiso borrar las pruebas, los encerrados estuvieron a punto de morir todos a la vez; y tampoco había garantía de que Heuksubang usara solo dos almacenes.

—No.

Pung retiró él mismo sus palabras y bajó la vista hacia las marcas en la tierra.

—Si asaltamos primero los sitios que conocemos, vaciarán los demás. Podrían mover o matar a los que están dentro, y la noticia llegaría también a la contraparte de la secta ortodoxa.

—Tener fuerza y blandirla el primero no es siempre el camino más rápido.

Ante las palabras de Hyeonheo, Pung abrió el puño que tenía apretado. Romper la puerta más cercana le dejaría el ánimo más tranquilo, pero no podía afirmar que fuera el camino más rápido para salvar a los encerrados.

—¿Podríais poner más vigías?

Makdong señaló con la punta del pie a los de Heuksubang caídos.

—Se puede. A cambio, esos no deben desaparecer en silencio. Si Heuksubang cree que la ha golpeado un enemigo desconocido, lo primero que hará será limpiar los almacenes.

A-yeong, vigilando el fondo del callejón, preguntó:

—¿Qué piensas hacer?

—Entregarlos delante de la magistratura, pregonando bien alto lo del comercio de personas. Heuksubang tendrá que decidir primero si les cierra la boca a los detenidos o los saca de allí, y además vigilar la reacción de la magistratura, así que tendrá los ojos atados a ese lado. En ese hueco, la Secta de los Mendigos pondrá gente en los dos almacenes y en la puerta norte. Si se mueve una carreta, dispondremos por separado un grupo para rescatar a la gente y otro para seguirle el rastro.

—¿Y si la magistratura está compinchada?

—Por eso mismo los entrego con más escándalo. Con muchos ojos mirando, es difícil matarlos o soltarlos de inmediato, y además se dejarán ver los esbirros que van y vienen entre la magistratura y Heuksubang.

Al otro lado de la tapia se acercaron pasos de varias personas, y cuando se oyó incluso el roce de las vainas contra la ropa, Hyeonheo borró el mapa del suelo.

—Mirad primero por las personas. Cuando los almacenes empiecen a vaciarse, no persigáis solo las carretas: hay que comprobar sin falta si queda alguien dentro.

—Así lo transmitiré.

Makdong sacó un cordel de cáñamo mugriento y rehízo los nudos con rapidez, y Pung y A-yeong recogieron las armas de los de Heuksubang caídos y les ataron las muñecas sin liberarles los puntos vitales.

Dos esbirros de Heuksubang que entraban en el callejón dieron media vuelta nada más ver la escena, y Makdong gritó a propósito hacia la calle mayor:

—¡Hemos atrapado a los que cargaban gente en carretas para vendérsela a un señor de la secta ortodoxa! ¡Averigüemos de una vez quién los ampara desde la magistratura!

Los transeúntes se detuvieron, hasta los comerciantes asomaron la cabeza a la puerta, y los esbirros que huían se separaron corriendo hacia la puerta norte y hacia la magistratura; cuando Pung quiso perseguirlos, Makdong extendió el brazo.

—Dejadlos ir. Solo si llevan la noticia se dividirán las miradas.

—¿También el que va a la puerta norte?

—Al final del callejón están mis hermanos. Lo seguirán sin mostrar la cara.

Desde un tejado rodó una piedrecilla. Makdong confirmó la señal y tiró de la primera fila de los maniatados, y el grupo de Pung salió también a la calle mayor haciendo escudo con las miradas de la gente agolpada.

Durante todo el trayecto hasta la magistratura, Makdong repitió a voces, una y otra vez, que Heuksubang compraba y vendía personas. Los maniatados soltaron improperios hasta que, al crecer los curiosos, cerraron la boca; y a uno que intentó hacer un gesto con los ojos a un compañero, la vaina de A-yeong le levantó la barbilla.

—No andes moviendo los ojos. Hay mucha gente mirando, así que camina quietecito.

Los alguaciles de la magistratura salieron con cara de fastidio, pero al ver la multitud congregada cambiaron de actitud. Mientras Makdong declaraba el nombre de la posada y lo que había oído, Hyeonheo preguntó y memorizó los nombres del jefe de los alguaciles y del oficial de guardia, y A-yeong desplegó lo incautado ante los ojos de los transeúntes.

Cuando quedaron a la vista la placa de bronce con la marca del lobo negro, las agujas envenenadas y el pase de entrada al almacén de la puerta norte, el murmullo creció; al ver el pase, al jefe de los alguaciles le temblaron las cejas y, carraspeando, quiso cubrir los objetos con un paño.

—Las pruebas las ha visto toda la gente aquí reunida.

Ante esa sola frase de Hyeonheo, su mano se detuvo.

—Naturalmente, se procederá conforme a la ley.

El jefe de los alguaciles, con una sonrisa rígida, arrastró adentro a los de Heuksubang. Antes incluso de que se cerraran las puertas de la magistratura, un funcionario de bajo rango salió por la puerta lateral, entró en la casa de té del otro lado de la calle y cruzó apresuradamente unas palabras con un hombre de faja negra.

Makdong vio también la escena, pero no se movió; en su lugar, deslizó un nudo de cáñamo en la rendija de la escalera de piedra frente a la magistratura y se retiró entre los curiosos. Cuando los cuatro pasaban bajo el puente, un niño vestido de harapos surgió por detrás del vendedor de caramelos, recogió el nudo y desapareció canal abajo sin darse por enterado de su presencia. En el tejado de enfrente, un hombre con sombrero de paja seguía de lejos al esbirro que había corrido hacia la puerta norte.

—Dos en cada almacén, y uno en la magistratura y otro en la posada de anoche. Si se mueve una carreta lo avisaremos con nudos, así que no les será fácil advertirlo.

Pung contempló la muralla de la puerta norte. La idea de que quizá hubiera gente encerrada tan cerca le retenía los pies, pero lanzarse ahora podía poner en peligro tanto a las víctimas como a los vigías.

—Si la cosa se pone peligrosa, salvad a las personas antes que las pruebas.

—Ya lo he transmitido así. No hay libro que valga más que una vida.

Hyeonheo observó un momento a Makdong y preguntó:

—Vamos camino de la Alianza Marcial. ¿Conocéis bien también los asuntos de allí?

—Justo iba yo de vuelta hacia allá. ¿Qué os parece si, en pago por haberme salvado el pellejo, os hago de guía?

A-yeong recorrió con la mirada su zurrón raído y la calabaza de licor.

—¿Que confiemos en un guía al que perseguían hace un instante?

—Conozco tanto los caminos por donde lo persiguen a uno como los de huida; ¿no es eso un verdadero guía?

Pung no podía creerse todas las palabras de Makdong. Aun así, se había plantado ante el filo para escarbar en el comercio de personas, y en su empeño de mirar antes por las vidas de dentro que por el almacén no parecía haber mentira.

—Me gustaría que vinierais con nosotros.

—Como encima pidas que te paguemos el vino, te dejamos tirado.

Cuando A-yeong añadió aquello, Makdong apretó la calabaza contra el pecho.

—Bien duras son las condiciones para acompañaros.

Por la comisura de los labios de Hyeonheo pasó una sonrisa leve.

—Vayamos juntos. Eso sí, no intentéis escarbar en lo que no hemos revelado, ni pregonéis a la ligera lo que lleguéis a saber.

—Uno ha de parecer de lengua suelta para que los demás charlen tranquilos delante; que las historias que recojo no vayan sueltas es otra cosa.

Los cuatro dieron un rodeo por la magistratura y la puerta norte para asegurarse de que nadie los seguía. En un callejón cercano a la puerta norte se había instalado un vendedor de sandalias de paja que no estaba allí poco antes, y en el tejado del otro lado del canal, una anciana que recogía la colada dejó para el final una tela roja. Makdong echó una ojeada a la escena y, sin decir palabra, se puso en cabeza.

Cuando tomaron habitación en una posada cercana, Makdong se apoyó en la ventana y vigiló el callejón, mientras A-yeong echaba el cerrojo y ataba un hilo fino bajo el alféizar. Cuando Hyeonheo se sentó a la mesa, Pung sacó los fragmentos copiados del libro, que llevaba provisionalmente guardados en el pecho, bajo la ropa interior. Si los registros rescatados en Nohachon y lo que Makdong decía haber oído procedían del mismo tronco, allí mismo se decidiría si él quedaría en un simple caminante recién llegado o llegaría a ser un compañero de fiar.

Hyeonheo cubrió con la mano los pasajes que aún no podía revelar y deslizó el papel dejando solo las fechas, el número de carretas y el signo que designaba la puerta norte.

La mano de Makdong, que jugueteaba con la calabaza de licor, se detuvo, y él, borrada del todo la risa, se inclinó sobre la mesa.

Sus dedos descendieron despacio sobre el fragmento del libro.

Fin del capítulo 19

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