El dios marcial

Capítulo 1

Capítulo 1: El abismo sin fondo

Capítulo 1: El abismo sin fondo

Pung subía casi a la carrera por el sendero de montaña, mientras la niebla se le enroscaba en los tobillos. Cada sacudida de la vieja cesta de hierbas que llevaba a la espalda hacía tintinear la azadilla que colgaba de su cintura, y el rocío del alba se filtraba entre las hebras de sus sandalias de paja y le helaba los dedos de los pies.

Tenía que desenterrar tres raíces de hierba de nube púrpura antes de que el sol alcanzara lo alto del cielo.

No dejaba de oír las palabras que Hwang-u había dejado escapar como un suspiro el día anterior, al cerrar el libro de cuentas de la herboristería.

—Si mañana no llega hierba de nube púrpura, no podré preparar el remedio para la abuela Donggu. Dicen que tampoco queda nada en las boticas de la villa…

La abuela Donggu llevaba tres días con fiebre. Era ella quien, cuando Pung pasaba hambre de pequeño, le ponía en las manos una bola de arroz sin decir palabra. Su hijo había conseguido el dinero para pagar el remedio, pero de nada servía sin los ingredientes. Según Hwang-u, si terminaba aquel día sin que encontraran la hierba de nube púrpura, la fiebre podía penetrar en sus pulmones.

Nada más oírlo, Pung recordó las hojas violáceas que había visto en la montaña el día anterior. Estaban mucho más arriba de los caminos que solía recorrer, en la ladera norte, adonde ni siquiera los cazadores de la aldea subían a finales de otoño.

—¡Pung!

Hwang-u, que barría a la entrada de la aldea, lo reconoció y alzó una mano. Pung aflojó el paso, pero se irguió con exageración para disimular que le faltaba el aliento.

—¿Adónde vas con tanta prisa a estas horas?

—A la montaña. Ayer vi unas hierbas.

Pung respondió sonriendo. La mirada de Hwang-u pasó de la cesta a la azadilla, se detuvo un instante en las sandalias gastadas y deshilachadas, y luego se dirigió despacio hacia la cresta del norte.

—¿Por dónde las viste?

—Solo hay que subir un poco más de donde voy siempre.

—¿Un poco más?

Hwang-u entornó los ojos, sosteniendo la escoba en vertical. Pillado en la mentira, Pung se rascó la punta de la nariz.

—…¿Un par de collados?

—En la ladera norte, entonces.

Pung cerró la boca. Hwang-u chasqueó la lengua, como si ya se lo hubiera imaginado, y dejó la escoba.

—La lluvia de hace unos días ha ablandado la tierra. Y las fieras bajan por allí a menudo. Si vas por la hierba de nube púrpura, olvídalo. Intentaré preparar el remedio con otras hierbas.

—¿También pueden bajarle la fiebre a la abuela?

Hwang-u no respondió de inmediato. Aún no habían encendido el fuego bajo la olla de las decocciones que descansaba en el umbral de la tienda, pero a Pung le pareció percibir el olor amargo del remedio. La imagen de los labios de la anciana, agrietados de tanto toser durante la noche, se mezcló con el recuerdo de las bolas de arroz calientes que le daba de pequeño.

—Usted lo dijo. Bastan tres raíces de hierba de nube púrpura.

—Para el remedio, sí. Pero no valen tu vida.

Hwang-u entró en la tienda y regresó con un trozo de tela encerada y un pequeño recipiente de bambú. Aunque seguía diciéndole que no fuera, cubrió la cesta con la tela y comprobó el tapón del recipiente con manos cuidadosas.

—Lleva agua. Tómala. Si no encuentras nada antes de que el sol llegue a la copa de ese árbol, baja enseguida. Y no se te ocurra poner un pie más allá del risco del norte. Si tu madre viviera, el primero en llevarse una buena zurra sería yo.

Pung bajó un instante la mirada al tomar el recipiente de bambú. Todavía sentía un vacío en mitad del pecho cada vez que hablaban de su madre. Los años no habían borrado el recuerdo de aquel último invierno, cuando se quedó sujetando su mano mientras se enfriaba, incapaz de conseguirle una dosis más de medicina.

Se obligó a esbozar una gran sonrisa.

—Yo lo protegeré de la zurra. Volveré antes del almuerzo, se lo prometo.

—Mocoso, preocúpate de tu propio pellejo.

Hwang-u le enderezó una de las correas de la cesta. Su mano encallecida rozó el hombro del muchacho y se apartó enseguida.

—Aunque sea con las manos vacías, vuelve vivo.

Pung respondió con un enérgico asentimiento.

Hasta el segundo collado, el camino le resultaba familiar. La luz del sol se filtraba tenue entre los pinos, y la tierra mojada olía a las setas que habían brotado durante la noche. Cada vez que encontraba hierba de hoja fina o regaliz tierno entre las rocas, Pung se detenía. Aunque no diera con la hierba de nube púrpura, no podía regresar con la cesta vacía, así que apartaba la tierra con la punta de la azadilla, con cuidado de no dañar las raicillas.

Al llegar al tercer collado, el sendero comenzó a desdibujarse. Allí terminaban también las marcas que los cazadores habían dejado en las cortezas. Entre la tierra removida por los jabalíes se entrecruzaban unas huellas desconocidas. Pung se agachó para examinar su profundidad. No había marcas de garras, y eran algo mayores que la palma de una mano.

No era un oso.

Justo cuando iba a tranquilizarse, oyó quebrarse una rama seca entre unos matorrales lejanos. Apretó la azadilla y contuvo la respiración. Le pareció que algo se movía entre la niebla, pero, por mucho que esperó, no volvió a oír nada.

¿Y si regresaba?

Allá abajo, Hwang-u estaría escogiendo hierbas, y la abuela Donggu soportaría la mañana entre jadeos ardientes. Pung sacó de entre sus ropas la pequeña bolsita de tela que le había dejado su madre y la acarició. Estaba tan gastada que ya no servía para guardar nada, pero siempre la llevaba cuando subía a la montaña.

—Buscaré un poco más y volveré.

Sin saber siquiera a quién se lo decía, Pung abandonó el sendero apenas visible y se encaminó hacia la ladera norte.

Cuanto más subía, más pronunciada se volvía la pendiente. El día anterior solo había divisado las hojas violáceas desde abajo y, como anochecía, había regresado. Ahora que estaba allí, las rocas y los árboles parecían repetirse sin fin. Fue atando trozos de tela a las ramas para marcar el camino de vuelta mientras escrutaba la ladera. La hierba de nube púrpura crecía a la sombra de las rocas, donde corría el viento frío, y tenía un vello plateado en la punta de las hojas. Mientras repasaba lo que Hwang-u le había enseñado, distinguió una tenue mancha violeta en una hondonada al pie del precipicio.

—Ahí está.

Bajó por la pendiente casi tendido sobre el vientre. La tierra se le escurría sin cesar bajo los pies, pero, agarrándose a las raíces de un pino y manteniendo el cuerpo pegado al suelo, consiguió sostenerse. No había una sola planta de hojas violáceas: a la sombra de la roca crecían cinco o seis matas de hierba de nube púrpura.

Una sonrisa le iluminó el rostro.

—Habrá de sobra para el remedio de la abuela.

Primero presionó con la mano la tierra de alrededor. Estaba blanda y empapada, pero junto a las plantas la sostenía la roca. Sin hundir demasiado la azadilla, cavó un círculo por fuera de las raicillas. Cuando la primera raíz quedó al descubierto, entera, la envolvió en la tela encerada y la metió en la cesta. La segunda la extrajo con su terrón para no dañar el tallo.

Estaba desenterrando la tercera cuando ocurrió.

Un repiqueteo de tierra.

Unos terrones cayeron sobre su cabeza y Pung se encogió por instinto. Varias piedrecillas le golpearon el hombro y rodaron ladera abajo. Alzó la vista y vio que las raíces del pino de arriba habían quedado medio al descubierto. Toda la ladera parecía deslizarse muy despacio.

Recordó la advertencia de Hwang-u.

Tenía que volver. Ahora mismo.

Miró la raíz que estaba desenterrando. La mitad seguía hundida en la tierra. Si tiraba de ella, rompería las raicillas, donde se concentraba la mayor fuerza medicinal. Si la dejaba, no tendría las tres que necesitaba.

Se mordió el labio y volvió a mover la azadilla.

—Solo esta. Saco esta y me voy.

Aceleró los movimientos, pero sin aplicar más fuerza de la necesaria. Apartó la tierra, retiró las piedras que estorbaban y deslizó los dedos por debajo de la raíz. Cuando por fin consiguió extraerla entera, la recogió como si quisiera abrazarla contra el pecho.

En ese preciso instante, el suelo cedió unos tres centímetros bajo sus pies.

Pung metió la hierba en la cesta y estiró la mano hacia las raíces del pino. Apenas logró enganchar las puntas de los dedos. La tierra mojada resbaló bajo su palma, y el estruendo sordo del derrumbe le retumbó hasta en las entrañas.

La ladera lo arrastró hacia abajo.

—¡Aaah!

Clavó la azadilla en la tierra. La hoja se encajó entre dos piedras firmes y consiguió detenerlo por muy poco, pero la cesta, que le tiraba de la cintura, se soltó y salió rodando. Las hierbas que tanto le había costado recoger se esparcieron por el barro.

—¡No!

Una raíz de hierba de nube púrpura pasó junto a él y quedó prendida en unos arbustos más abajo. Aferrado al mango de la azadilla con una mano, Pung estiró el cuerpo. La punta de sus dedos casi rozaba el tallo. Si bajaba un poco más, podría alcanzarlo.

Comprobó dónde se había encajado la azadilla y desplazó las rodillas lentamente. Aunque la tierra siguiera corriendo, pensó, podría volver a subir si la herramienta resistía. En el instante en que logró agarrar la planta, el mango se partió con un chasquido seco.

El mundo se inclinó.

Pung dio varias vueltas sobre la pendiente. Se golpeó el hombro izquierdo contra una piedra y sintió un dolor abrasador. Una rama le abrió un largo arañazo en la mejilla. Cuanto más estiraba las manos para detenerse, más tierra y grava se le clavaban bajo las uñas.

Cuando por fin logró agarrarse a un árbol joven, apenas podía respirar. No conseguía levantar bien el brazo izquierdo, pero en la mano derecha aún conservaba la hierba de nube púrpura. Con el brazo tembloroso, la guardó entre sus ropas.

—Me he salvado…

El alivio duró poco. Al levantar la cabeza, descubrió que ya estaba más allá del risco que Hwang-u le había prohibido cruzar. El camino de regreso quedaba bloqueado por la tierra recién desprendida, y abajo se extendía un bosque en el que la niebla se acumulaba, oscura.

Entonces vio un destello rojo entre los matorrales.

Sin soltar el árbol, entornó los ojos. Una flor del tamaño de la palma de una mano crecía en una grieta oscura de la roca. Una veta dorada recorría el centro de sus pétalos rojos, y parecía guardar un resplandor tenue aunque no la alcanzaba el sol.

Nunca había visto aquella hierba. Incluso para un muchacho como él, estaba claro que no era una flor corriente.

Pero no pensaba acercarse. Por querer demasiado, acababa de lastimarse el hombro y perder el camino de vuelta. Apartó la vista de la flor y buscó un lugar por donde bajar sin peligro.

Un leve susurro.

La flor se meció, aunque no soplaba el viento. Cuando alzó la corola y la inclinó despacio hacia él, un escalofrío le recorrió la espalda.

—Tú… ¿te has movido?

En lugar de una respuesta, los estambres dorados brillaron un poco más. Sobre la tierra que iluminaban aparecieron unas líneas finas. Parecían rastros de raíces, pero también podían ser letras que alguien hubiera grabado en la piedra.

Pung intentó retroceder, pero tropezó con una roca. Extendió la mano a un lado para no caerse y, en cuanto apoyó la palma, una losa circular se hundió bajo ella con un clic.

Un retumbo profundo.

La montaña rugió.

Las líneas que rodeaban la flor desprendieron luz dorada al unísono y trazaron un gran círculo bajo sus pies. Pung trató de salir corriendo, pero el dolor del hombro izquierdo le hizo perder el equilibrio. La tierra se abrió y su pie derecho quedó atrapado en la grieta.

—¡Espera, espera!

Arañó el suelo hasta romperse las uñas, pero la tierra resquebrajada no lo soltaba. Cuando se arrancó la última raíz de hierba a la que había conseguido aferrarse, su cuerpo fue succionado hacia un agujero negro.

El viento le desgarraba los oídos. Pung agitaba brazos y piernas buscando las paredes, pero sus manos no encontraban nada. Miró hacia arriba. El círculo de cielo se alejó en un instante, y la tierra y las rocas que se derrumbaban cubrieron la entrada hasta devorar la última luz.

La oscuridad era absoluta.

La caída no parecía tener fin. El hombro izquierdo le palpitaba con un dolor desgarrador y tenía sabor a sangre en la boca. Comprendió con una claridad terrible que, si golpeaba el fondo así, no quedarían de él ni los huesos.

Tío Hwang-u.

Recordó aquella voz que le había pedido que volviera vivo, aunque fuera con las manos vacías. Apretó la hierba de nube púrpura que llevaba entre las ropas. Era el remedio que debía llevar a la abuela. Le pareció ridículo seguir aferrándose a él al borde de la muerte, pero no pudo abrir la mano.

De pronto, un olor frío ascendió desde las profundidades.

Agua.

Pung tomó aire e intentó enderezar el cuerpo. Al instante siguiente, el impacto contra la superficie lo atravesó desde los pies hasta la coronilla. El agua helada le inundó la boca y la nariz, y el hombro herido pareció gritar de dolor.

No sabía dónde estaba la superficie. Cuanto más forcejeaba, más agua tragaba. Agitó el brazo derecho con desesperación y sintió una raíz desprendida rozarle los dedos. Pataleó en la dirección en que flotaba la raíz y, poco después, sacó la cara del agua.

—¡Aaah!

Escupió agua entre toses. Durante un rato no hizo más que jadear; luego se abrió paso con el brazo derecho hasta un borde de roca. La piel desollada de las palmas le hacía resbalar una y otra vez, pero, tras varios intentos fallidos, logró arrastrarse fuera del agua.

Tendido boca abajo sobre la piedra fría, tembló largo rato. No podía mover el hombro izquierdo, y el tobillo derecho se le había hinchado mucho. Desde algún lugar de la oscuridad solo llegaba el sonido de gotas que caían a intervalos regulares.

—Al menos… sigo vivo.

Intentó reír, pero la voz se le quebró como un sollozo.

Se palpó el pecho. La hierba de nube púrpura tenía el tallo partido y las hojas machacadas. No sabía si aún serviría para preparar el remedio. Tanto empeño para acabar con una raíz destrozada y el cuerpo maltrecho. Si Hwang-u se enteraba, quizá le diera aquella zurra de verdad.

El problema era que no tenía cómo volver junto a quien podía dársela.

Pung se incorporó tanteando el borde de la poza. Aunque sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, apenas distinguía nada más. Solo alcanzó a ver una débil luz roja que flotaba al otro lado del agua.

Era la flor que había visto en la montaña.

Se deslizó hacia él sobre el agua sin una sola hoja dañada y se detuvo ante un pasadizo de piedra por el que apenas cabía una persona. Sus paredes eran extrañamente lisas. Al pasar la mano por ellas, Pung notó incluso surcos tallados a intervalos regulares.

No era una cueva natural.

Rodeó la poza en busca de una salida. El agujero por el que había caído estaba a una altura inalcanzable y no había ninguna otra abertura. El pasadizo ante el que se había detenido la flor era su única opción.

—Si tú me has hecho caer aquí, tendrás que enseñarme la salida.

Tras refunfuñar hacia la flor, avanzó cojeando, apoyado en la pared. Cada vez que pisaba con el tobillo herido, el dolor le blanqueaba la vista, pero no podía detenerse. Si se quedaba quieto, el frío le calaba los huesos. Y, sobre todo, desde hacía un rato se oía algo moviéndose en la poza a sus espaldas.

Cuando Pung apretó el paso, el sonido lo siguió.

El estrecho pasadizo tardó mucho en terminar. De pronto, el espacio se ensanchó y apareció una enorme cavidad. Piedras azules incrustadas aquí y allá en las paredes y el techo emitían una luz tenue, como estrellas. Pung se frotó los ojos y miró hacia el centro.

Había un conjunto de ropa pulcramente doblado.

Delante descansaban dos anillos, uno dorado y otro plateado, y un libro del tamaño de la palma de una mano. Eran señales inequívocas de que alguien había estado allí, pero en toda la cavidad no se percibía presencia alguna. Sobre la ropa no había ni una mota de polvo; parecía que su dueño se hubiera ausentado solo un momento.

—¿Hay alguien?

Su voz regresó en ecos superpuestos.

Nadie respondió.

Examinó el suelo, pero no encontró huellas que se acercaran a la ropa ni que se alejaran de ella. Era como si alguien se hubiera sentado allí y luego se hubiera desvanecido en el aire, dejando únicamente sus prendas.

Pung no se apresuró a tocar nada. Primero inspeccionó los alrededores. No vio ningún pasadizo de salida, y las paredes de piedra formaban una superficie continua. Mientras tanto, el sonido de algo abriéndose paso por el agua se acercaba cada vez más a su espalda.

No le quedaba tiempo para decidir.

Tomó el libro. En la primera página, descolorida, había unas palabras escritas con letra pulcra.

Dejo aquí la fuente del poder que poseí. Sea cual sea vuestro deseo, podréis cumplirlo; si así lo queréis, incluso podréis contemplar el mundo entero desde las alturas. Mas mi anhelo era poseerlo todo y, antes que gobernar cuanto hay bajo el cielo, ser más libre que nadie.

—¿Se metió bajo tierra para ser libre?

Sin comprender nada, Pung pasó la página.

Colocad el anillo dorado en el índice de la mano izquierda y el plateado en el índice de la mano derecha.

Debajo había más texto en letra pequeña, pero la tinta se había corrido, quizá porque había sujetado la página con las manos mojadas, y resultaba ilegible. Pung miró alternativamente los anillos y el camino por el que había llegado. Desde el interior del estrecho pasadizo le llegó un roce contra la piedra, seguido de una respiración baja y áspera, como si algo estuviera olfateando.

Agarró uno de los anillos.

Tanto el de oro como el de plata parecían valer lo suficiente para no volver a pasar hambre en toda su vida, si lograba venderlos. Pero ahora salir vivo importaba más que el dinero. Si lo que decía el libro sobre la fuente del poder era cierto, quizá pudiera derrotar a aquel monstruo o abrir una salida.

Pung se puso el anillo dorado en el índice izquierdo.

No ocurrió nada.

En la entrada del pasadizo, unas escamas mojadas relucieron bajo la luz azul. Una cabeza tan gruesa como la cintura de una persona se deslizó lentamente hacia el interior de la cavidad. Una lengua bífida lamió la oscuridad.

Pung contuvo el aliento y se encajó el anillo plateado en el índice derecho.

En cuanto ambos anillos quedaron en su sitio, una luz cegadora estalló en el dorado.

El cuerpo se le endureció como una piedra. No podía huir ni gritar. Una fuerza brotó de sus dedos y recorrió sus huesos, retorciéndole sin piedad el hombro y la columna. El dolor era como si le obligaran a encajar los huesos rotos y le arrancaran, una a una, espinas clavadas en la carne.

Cayó al suelo sin poder siquiera abrir la boca. En el borde de su visión, que empezaba a nublarse, vio al monstruo escamoso contraerse y saltar hacia él.

En ese instante, del anillo plateado brotó una luz que penetró hasta lo más profundo de su cuerpo.

Justo antes de que los colmillos del monstruo alcanzaran el cuello de Pung, un rugido sacudió la cavidad y un destello cegador lo devoró todo.

Fin del capítulo 1

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