En aquellas profundidades sin luz ni tiempo, Pung prosiguió en silencio el entrenamiento al que lo guiaba el anillo. No era un entrenamiento destinado tan solo a fortalecer a un muchacho. Desde el principio, el anillo había remodelado el cuerpo de Pung hasta convertirlo en un recipiente capaz de albergar el poder del Reino Arcano (玄境) sin desmoronarse, y cada día lo colmaba de una energía interna y una percepción monstruosas. Pung no lo sabía, pero, según los criterios del mundo marcial de la superficie, en aquella oscuridad ya estaba creciendo un maestro tan temible como una calamidad, de esos que apenas aparecen una vez por generación.
¿Cuánto tiempo habría transcurrido así? Un día, Pung reparó de pronto en algo extraño. Mientras hacía circular la energía con los ojos cerrados, los cauces por los que esta recorría su cuerpo se le aparecían ante los ojos, como tenues cursos de agua.
«¿Puedo… ver esto? ¿Con los ojos cerrados?»
Al principio creyó que era una ilusión. Pero, con el paso de los días, aquel flujo se volvió más nítido. Ahora Pung podía ver dónde había una obstrucción y hacia dónde debía dirigir la energía.
Desde que comenzó a percibir aquel flujo, le resultó mucho más fácil hacer circular la energía. Al reconocer de antemano los puntos bloqueados y abrirles paso, incluso aquel dolor espantoso se fue haciendo soportable. Una facultad que cualquier maestro bajo el cielo podía anhelar toda una vida sin llegar a obtenerla se asentaba en Pung como el más natural de los sentidos.
Pero había algo todavía más asombroso. Desde que veía aquel flujo, comprendía con mucha mayor rapidez los principios de las artes marciales que le enseñaba el anillo. Como podía ver qué energía impregnaba cada movimiento y de qué manera, le bastaba un instante para penetrar sus sutilezas, sin necesidad de repetirlo decenas de miles de veces. Nunca olvidaba un cauce que hubiera visto una vez, y cada principio que comprendía quedaba grabado de inmediato en su cuerpo. Llamarlo talento casi resultaba impropio. Era más bien como tener las artes marciales escritas ante los ojos y limitarse a leerlas.
Un día, Pung sintió que la energía de su dantian se había vuelto aún más profunda y densa. Ya no quedaba rastro del muchacho frágil que había caído en aquella cueva. Le bastaba cerrar ligeramente los dedos para reducir a polvo un fragmento de piedra, y cuando acompasaba la respiración, el polvo de la cámara subterránea se retiraba como un suave oleaje. Aquellos cambios le causaban más asombro que miedo.
Al salir de caza, percibía con mayor claridad cuánto había cambiado su cuerpo. La primera vez que salió de la cueva, apenas había logrado atrapar un conejo. Pero, a partir de cierto momento, los animales que huían le parecían tan lentos que casi estaban inmóviles. Extendía la mano y los atrapaba; daba un paso y los alcanzaba. Bastaba un mínimo exceso de fuerza para hundir la superficie de una roca, y un salto ligero lo elevaba hasta la mitad de un precipicio. Antes que aprender a hacerse más fuerte, Pung tuvo que aprender a contener y ocultar su fuerza.
Algunos días escalaba de una sola vez un precipicio vertical y arrebataba un halcón de su nido con las manos desnudas. Otros, atrapaba distraídamente una roca que caía y se quedaba largo rato inmóvil, atónito al ver que la roca se deshacía antes de que su palma sufriera daño alguno. A veces le daba miedo verse así.
«Yo… ¿y si acabo dejando de ser humano?»
Pero ni siquiera aquel temor duraba mucho ante la exquisita sutileza de las artes marciales que le mostraba el anillo. Cada vez que comprendía el principio encerrado en un movimiento, el corazón le latía con fuerza sin que pudiera evitarlo. Era una alegría de una clase completamente distinta, desconocida en sus días de recolector de hierbas.
El tiempo bajo tierra era solitario y penoso, pero Pung fue encontrando en él su propia paz. Días de aprender, comprender y volver a aprender. El mundo exterior y la aldea perdida se volvían cada vez más lejanos; a cambio, algo firme iba asentándose dentro de él, capa tras capa.
Así, poco a poco, Pung aceptó su situación. El anillo no pretendía hacerle daño. Por el contrario, intentaba transmitirle íntegramente todo lo que había dejado su antiguo dueño.
Pung aceptó la voluntad del anillo, la comprendió y acabó siguiéndola. Entendió los principios de las artes marciales que este le mostraba e hizo suyas sus sutilezas. Así fue aprendiendo, casi sin darse cuenta. Según los criterios del mundo marcial de la superficie, ya había dejado muy atrás los niveles de la Cumbre y la Cumbre Suprema. Lo único que ocurría era que desconocía los nombres de aquellos estadios, jamás había medido sus fuerzas contra otra persona y carecía de una referencia con la que juzgar el poder que albergaba.
A veces, al terminar de hacer circular la energía, Pung recordaba una frase del libro que guardaba en el pecho. Aquella línea que decía: «Sé más libre que nadie». ¿Quién habría sido el hombre que había dejado todo aquello? ¿Qué vida habría llevado antes de desaparecer en aquellas profundidades, dejando tan solo un conjunto de ropa?
Hasta que un día recordó un pasaje de la última página del libro que había olvidado. Las palabras se interrumpían, desvaídas, como si no hubieran llegado a escribirse por completo.
…Esto no es todo. Cuando estés verdaderamente preparado, el resto vendrá por sí solo a buscarte…
Pung no tenía manera de comprender qué significaba. Se limitó a contemplar los dos anillos de sus manos, con el vago presentimiento de que quizá aquello no fuera el final. Pero también esa duda terminó sepultada poco a poco bajo el entrenamiento interminable.
Un día, Pung consiguió por fin ejecutar una técnica de principio a fin sin interrupciones. En el instante en que energía y movimiento se enlazaron desde las puntas de los dedos hasta las de los pies, sintió una plenitud indescriptible.
No había sido algo que él deseara, pero tenía la certeza de que, al menos, aquella técnica le pertenecía por entero. «Sé más libre que nadie». Pung evocaba una y otra vez aquellas palabras y las murmuraba para sí. ¿Libertad, cuando ni siquiera podía disponer de su propio cuerpo? A veces la frase le parecía cruel. Y, sin embargo, tenía la sensación de que eran precisamente aquellas palabras las que lo habían llevado hasta allí.
En aquellas profundidades donde no entraba ni un puñado de luz, Pung descubrió que había crecido al menos un palmo. Su voz también se había vuelto mucho más grave. Así transcurrió el tiempo, sin que llegara a sentir su paso.
Así pasaron cinco años.
Un día, cuando lo hubo aceptado todo y lo hubo hecho plenamente suyo, el anillo dejó de atenazar su cuerpo. Pung comprendió al fin que sus manos y sus pies respondían a su voluntad.
Se levantó despacio. Cada movimiento llevaba consigo fuerza e intención de manera natural. El muchacho recolector de hierbas que había caído entre gritos cinco años atrás ya no estaba allí.
De pronto, volvió la mirada hacia la ropa limpia que seguía en un rincón de la cámara. Aquellas prendas que cinco años antes le habrían quedado holgadas parecían ahora de su talla exacta. Pung se quitó la ropa de recolector, ya hecha jirones, y se puso la otra. En efecto, le sentaba como si hubiera sido suya desde el principio.
También volvió a guardar en el pecho el libro que reposaba al lado. ¿Quién habría dejado todo aquello? Sentía curiosidad, pero no tenía a quién preguntárselo. Echó una última mirada a la cámara vacía y se volvió despacio.
Pung empleó su arte del movimiento y se impulsó suavemente contra el suelo. Su cuerpo se elevó como un pájaro y atravesó de una sola vez el estrecho túnel. Sobre él se derramó una luz deslumbrante.
Durante aquellos años había entrado y salido de la cueva innumerables veces para cazar. Pero siempre habían sido pasos guiados por el anillo. Era la primera vez en cinco años que se encontraba bajo aquella luz por voluntad propia, sostenido sobre sus propios pies.
El olor de la hierba, el de la tierra, el viento que llegaba de lejos. Pung sintió que los ojos se le humedecían. Solo entonces comprendió, en lo más hondo del pecho, lo que significaba enfrentarse al mundo con un cuerpo que por fin le pertenecía por entero.
De pronto, lanzó un suave puñetazo contra una gran roca que tenía al lado. Con un crujido sordo, aquella roca tan alta como una persona se desmoronó como arena. Pung miró su puño y luego la roca deshecha, incapaz de pronunciar palabra durante un buen rato.
Después concentró de nuevo la fuerza en las puntas de los pies y se lanzó hacia el cielo. Apenas creyó haber saltado hacia una cumbre, ya la estaba dejando muy atrás.
Voló más alto que la montaña, cada vez más lejos. Nunca se había sentido tan despejado ni tan libre. Bajo sus pies se desplegaba una cresta tras otra y, más allá, se extendía sin fin un mundo que jamás había visto.
—¿Este es… el poder que tengo?
Había pasado cinco años sometido a una voluntad ajena, pero, ahora que surcaba el cielo, no lamentaba ni un instante de aquel tiempo.
De pronto recordó a su madre. Sus palabras, cuando decía que la fortuna habitaba en un rostro sonriente. ¿Qué habría dicho si lo viera volar así por el cielo? Mientras cortaba el viento, Pung rio en voz alta por primera vez en muchísimo tiempo. Siguió volando un buen trecho y luego se posó suavemente en una cresta desconocida.
Contempló en silencio la palma de su mano. Era la misma mano de cinco años atrás y, sin embargo, le parecía completamente distinta.
Hasta entonces, su mundo había consistido tan solo en hierbas medicinales, montañas y una pequeña aldea. Pero ahora, después de obtener aquel poder y aprender aquellas artes marciales, intuía que ya no podría vivir como antes.
Pensó en regresar a la aldea. ¿Seguiría el tío Hwang-u atendiendo su tienda? ¿Qué pensarían los aldeanos de él, desaparecido durante cinco años sin dar señales de vida? Por un momento, su corazón se inclinó hacia allí.
Pero en su interior ya se dirigía a otro lugar. Quería conocer un mundo más amplio, vivir más cosas. Aquel paisaje infinito que acababa de contemplar desde el cielo no dejaba de llamarlo. Algún día volvería con la frente en alto. Al tomar esa decisión, sus pasos se hicieron aún más ligeros.
Sin embargo, antes de lanzarse hacia aquel mundo más amplio, a Pung le quedaba una deuda que debía saldar sin falta.
Se palpó el pecho y sacó una flor. Era aquella flor tan valiosa que, cinco años antes, lo había conducido al abismo. Por extraño que pareciera, pese a haber pasado cinco años bajo tierra, sin recibir ni un puñado de luz, seguía resplandeciendo con la misma belleza del primer día, sin la menor señal de marchitarse.
Ahora que su conocimiento de las hierbas medicinales se había vuelto incomparablemente más profundo, Pung reconoció por fin qué era aquella flor. Se trataba de una medicina espiritual (靈藥) de una rareza extraordinaria. La energía espiritual (靈氣) que la había mantenido lozana durante cinco años era la prueba. Aquella sola flor era un tesoro de valor incalculable: bastaba para comprar una pequeña aldea y aún sobraría dinero.
Al pensarlo, había sido aquella flor la que lo había conducido a las profundidades y le había permitido obtener todo aquel poder. En cierto modo, había sido el primer encuentro del destino que abrió las puertas de su nueva vida. Pero Pung no tenía intención de quedarse con aquel tesoro. Había otra persona que merecía recibirlo.
◇
Aquella noche, por primera vez en cinco años, Pung encaminó sus pasos hacia la pequeña aldea donde había nacido y crecido. Al correr con el arte del movimiento que había aprendido, el largo camino quedó pronto bajo sus pies. La aldea, dormida a la luz de la luna, seguía igual que cinco años atrás. Allí estaban el viejo zelkova de la entrada y la pequeña tienda de hierbas del tío Hwang-u, al fondo del callejón. Ante aquel paisaje familiar, una emoción punzante le oprimió el pecho.
Pung se quedó inmóvil en la oscuridad, frente a la tienda. Aunque era tarde, dentro aún ardía la luz tenue de una lámpara de aceite. Bajo su resplandor, el anciano Hwang-u examinaba a solas un libro de cuentas. En aquellos cinco años, las arrugas de su rostro bondadoso se habían vuelto más profundas.
De pronto, Hwang-u levantó los ojos del libro y miró largo rato por la ventana, hacia la montaña donde Pung había desaparecido. Después dejó escapar un suspiro leve.
—…Ese muchacho, Pung. Si sigue con vida, esté donde esté… ojalá le vaya bien.
Al oír aquellas palabras, Pung estuvo a punto de abrir la puerta de golpe y entrar. De decirle: «Tío, estoy aquí. Estoy vivo». Pero al final no pudo hacerlo. Después de desaparecer cinco años sin decir una palabra, presentarse de repente quizá solo sirviera para turbar el corazón de su anciano benefactor. Y el Pung de ahora ya no era alguien que pudiera quedarse en aquella pequeña aldea.
En lugar de entrar, decidió expresar sus sentimientos de otra manera. Más tarde, ya entrada la noche, cuando la lámpara se apagó y Hwang-u se acostó, Pung se acercó sin hacer ruido a la puerta de la tienda.
Depositó con cuidado aquella preciosa flor de medicina espiritual sobre el escalón de piedra de la entrada, donde sería lo primero que Hwang-u vería al llegar la mañana. A su lado dejó una pequeña hoja de papel. Antes de marcharse, había escrito unas breves palabras para expresar lo que sentía.
Para el tío Hwang-u: Soy Pung, el que se perdió en la montaña hace cinco años. Gracias a usted, sigo vivo y estoy bien. No he olvidado ni un instante su bondad. Espero que esta flor sea una pequeña muestra de mi gratitud. Cuide mucho de su salud. Algún día volveré a visitarlo con la frente en alto.
Pung retrocedió hacia la oscuridad. Después permaneció largo rato contemplando la pequeña tienda, grabándosela en los ojos. Aquel hombre le había tendido la mano sin vacilar cuando era un niño que acababa de perder a su madre. Le había enseñado a reconocer las hierbas para que pudiera ganarse el sustento. Sin aquella cálida bondad, Pung jamás habría subido a la montaña ni obtenido aquel poder.
«…Gracias, tío. Y adiós». En su corazón, Pung inclinó profundamente la cabeza. Aquella despedida que no se había atrevido a pronunciar se disolvió en silencio en el aire quieto de la noche.
Después se dio la vuelta sin vacilar. No volvió a mirar la aldea que se alejaba a su espalda. Se había despedido en silencio del pequeño mundo de una etapa de su vida. Ahora lo esperaba un mundo mucho más amplio.
◇
Cinco años habían convertido a Pung, el muchacho recolector de hierbas, en una persona completamente distinta.
Eligió una dirección y echó a correr sin titubear. Le daba igual que se interpusiera una montaña o un río. Según él, avanzaba despacio, disfrutando del paisaje, pero se movía a una velocidad que una persona corriente apenas habría podido seguir con la mirada.
—Pero… no llevo ni una moneda encima. Si quiero comprar comida o ropa, necesitaré dinero.
Por mucha fuerza que tuviera, no podía dedicarse a robar. Por fortuna, sabía reconocer las hierbas medicinales. Durante el camino fue recogiendo las más valiosas para costearse el viaje.
Un día, mientras recogía una hierba rara al pie de un precipicio, percibió de pronto una presencia desconocida que se acercaba desde la distancia.
Con la hierba todavía en la mano, Pung levantó despacio la cabeza. Era una presencia humana: la primera con la que se encontraba en cinco años.
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