El dios marcial

Capítulo 3

Capítulo 3: Hyeonheo (玄虛)

Capítulo 3: Hyeonheo (玄虛)

Al alzar la cabeza, Pung vio a un anciano de cabello blanco.

Estaba sobre una roca, a unos diez pasos. Hasta hacía un instante, aquel lugar había estado vacío, pero ahora los faldones de una túnica gastada, sin una sola mota de polvo, se mecían suavemente con el viento de la montaña. Las manos que mantenía unidas a la espalda eran tan descarnadas como ramas secas; sin embargo, de su cuerpo erguido emanaba una energía tensa, distinta de la de las rocas o los árboles centenarios.

Pung había oído sus pasos a lo lejos y percibido incluso el leve cambio de peso que precedía a cada pisada sobre la hojarasca. Pero los últimos diez pasos habían desaparecido por completo.

«¿Cómo?»

Durante los cinco años que había pasado bajo tierra, Pung había aprendido a no perder de vista ningún movimiento en la oscuridad. Si un puñado de tierra caía del techo de la cueva, sabía qué grieta se había abierto; hasta podía contar los segmentos de una serpiente que reptara al otro lado de una roca. Y, sin embargo, el anciano que tenía delante permanecía tan quieto como si hubiera echado raíces allí desde el principio.

La mirada del anciano recorrió despacio el rostro, los hombros y las puntas de los pies de Pung. Aunque solo fue por un instante, no logró ocultar el asombro que le cruzó los ojos. Enseguida, aquella sorpresa dio paso a una profunda perplejidad.

—Esa hierba morirá si tiras del extremo de la raíz.

Pung frunció el ceño ante aquellas palabras inesperadas.

El anciano señaló con la barbilla la parte inferior de la planta.

—La estaquis no se nutre de la raíz central, sino de las raicillas que se extienden hacia los lados. Unos dos cun por debajo de tu mano izquierda debe de haber una piedra plana. Retírala primero.

Sin apartar los ojos del anciano, Pung tanteó la tierra con los dedos. En efecto, unos dos cun más abajo encontró una piedra plana. La levantó de lado y las raicillas salieron de la tierra sin sufrir daño.

—¿Conoce las hierbas medicinales?

—Cuando uno vive muchos años, acaba aprendiendo bastantes cosas, incluso algunas que no sirven de nada.

El anciano sonrió, pero no se acercó. Parecía haber advertido que Pung acumulaba fuerza en las piernas. No percibía en él una clara intención de matar, pero eso no bastaba para bajar la guardia. Cinco años atrás, cuando había caído al Abismo sin Fondo, la montaña tampoco parecía distinta de cualquier otro día, y las flores rojas eran hermosas.

Pung envolvió la estaquis en un retazo de tela y la guardó en la cesta. Al incorporarse, retrasó medio paso el pie derecho. La mirada del anciano descendió tras aquel movimiento y volvió a subir.

—Esos no son los pasos de un muchacho que recoge hierbas en la montaña.

—¿Por qué lleva todo este tiempo mirándome así?

Ante aquella pregunta directa, el anciano se acarició una vez la punta de la barba.

—Porque hay algo extraño en ti.

—¿Qué he hecho?

—Pasaba por una cumbre lejana cuando sentí que una gran oleada de energía se alzaba en este valle y desaparecía. No era un rayo ni la presencia de una bestia. Bajé a comprobarlo y te encontré.

Pung recordó el salto con el que había salvado el precipicio poco antes. Había hecho fluir hacia las piernas la energía que extrajo del dantian y creía haber recogido casi toda después, pero, al parecer, había dejado un rastro que aquel anciano podía percibir.

—¿Cree que esa energía era mía?

—Eso quería preguntarte. Pero ahora que te veo de cerca, no sé si bastará con preguntar.

El anciano bajó de la roca. Aunque las puntas de sus pies tocaron el suelo, ni una hoja seca quedó aplastada. Avanzó unos dos pasos y, al ver que los hombros de Pung se tensaban, se detuvo. No mostraba codicia ni hostilidad manifiesta, pero su mirada era tan penetrante como la de alguien que se encuentra ante una incógnita que lleva años persiguiendo.

—En tu cuerpo hay energía de sobra para llenar un gran río. Se depura por sí sola al compás de tu respiración, y todos los puntos de acupuntura de tu cuerpo están abiertos, sin obstrucciones. No solo la pequeña circulación celeste, sino también la gran circulación celeste están ya enlazadas en un único circuito. Y, aun así, respiras y te mantienes en pie con los mismos hábitos de un muchacho que recoge hierbas en la montaña.

Los ojos del anciano se entornaron aún más.

—Tus huesos y tendones son tan sólidos que parecen haberse roto y vuelto a formar, y la pureza de tu energía tampoco corresponde a tu edad. Tu cuerpo parece haber experimentado una transformación de huesos y médula, pero no hay señales de que hayas usado ese poder en el mundo. Fuera cual fuese el encuentro fortuito que te deparó semejante fortuna, no debió de ser nada común.

Pung no respondió. El anciano parecía haber comprendido mucho más que él sobre su propio cuerpo, pero eso no significaba que pudiera contarle a un desconocido lo que había vivido en el Abismo sin Fondo.

—¿Quién es usted, señor?

—Antes, déjame comprobar una cosa.

El anciano levantó la mano derecha y mostró la palma. No parecía disponerse a atacar de inmediato, pero los ojos de Pung vieron más allá de sus palabras y su expresión.

La energía acumulada en el bajo vientre del anciano se comprimió levemente al compás de su respiración y ascendió por el pecho hasta el hombro. El flujo se dividió por decenas de puntos de acupuntura y volvió a reunirse en la cara interna del brazo. Al llegar a la palma, se había vuelto tenue como la bruma sobre el agua, pero la fuerza oculta en su interior no había perdido un ápice de cohesión.

Podía ver la energía dentro del cuerpo de otra persona.

Pung contuvo el aliento. Era una sensación parecida a la que experimentaba al observar su propio flujo bajo tierra, pero, al mismo tiempo, completamente distinta. La energía del anciano era más fina que la suya, aunque no presentaba fisuras, como un filo pulido y afilado durante muchos años. Cuando aquel flujo salió de su palma, la hojarasca de alrededor se apartó sin hacer ruido.

El anciano habló mientras observaba la reacción de Pung.

—Si quieres retirarte, hazlo ahora. Pero si no eres capaz de dominar tu energía, debo comprobarlo antes de que salgas de este valle. Por las laderas de abajo pasan leñadores y recolectores de hierbas.

Al terminar de hablar, una amplia corriente de energía se extendió desde su palma. Más que una fuerza destinada a golpear, parecía una mano que intentaba envolver el cuerpo de Pung y palpar el flujo de su interior.

Desde el instante en que aquella energía abandonó la palma del anciano, Pung leyó cada una de sus hebras. Veía con claridad cuál iba a penetrar en su pecho, cuál se dirigía al dantian y qué corrientes pretendían recorrer los puntos de sus muñecas y hombros. Desvió hacia un lado la energía que se acercaba a su dantian, como quien aparta un hilo fino.

La energía del anciano perdió el rumbo y se dispersó antes de tocarle la piel.

La brisa cesó. Solo unas cuantas hojas sueltas rodaron entre ambos y, por primera vez, la serenidad desapareció del rostro del anciano.

—Deténgase.

Pung lo advirtió en voz baja, pero el anciano no retiró la mano. Por el contrario, una de las hebras que salían de su palma se volvió aún más fina y aguda y se lanzó hacia la muñeca de Pung. En lugar de examinarlo de forma general, pretendía sujetar un solo meridiano para medir la profundidad de su poder.

Las opciones se sucedieron a toda velocidad en la mente de Pung. Si retrocedía, la energía del anciano lo seguiría; si la bloqueaba de frente, las fuerzas chocarían y el impacto podría propagarse hasta la parte baja del valle. Eligió el punto más tenue de las tres corrientes que recorrían la cara interna del codo del anciano.

La punta de su pie rozó la tierra.

Antes de que el anciano pudiera abrir los ojos de par en par, Pung se había internado dentro del alcance de su palma. Con la mano izquierda le empujó la muñeca hacia arriba y posó suavemente dos dedos de la derecha debajo de su codo. Allí, las tres corrientes se separaban para volver a unirse. Tuvo la certeza de que, si descargaba apenas un poco de fuerza, todo el brazo del anciano quedaría inmóvil durante un buen rato.

Pung no descargó esa fuerza.

—Le he dicho que se detenga.

La manga del anciano ondeó con un instante de retraso. Los dedos de Pung descansaban sobre un punto vital, y la otra mano del anciano se había detenido a menos de medio chi de su pecho. Parecía una distancia a la que ninguno saldría ileso si ambos se movían una vez más, pero Pung ya lo sabía: sus dedos podían presionar primero.

El anciano apartó la mirada de su codo y la dirigió a los ojos de Pung. Su asombro era ahora demasiado evidente para ocultarlo. Aquel hombre, que se había acercado sin aplastar una sola hoja, estaba inmóvil en la misma postura con la que había iniciado el ataque, pero los dos dedos de Pung ya bloqueaban el camino por el que habría de circular su siguiente impulso de fuerza.

Esta vez fue el anciano quien preguntó primero.

—¿Puedes verlo?

Sin responder, Pung aumentó un poco la presión de los dedos. La energía que recorría el brazo del anciano tembló bajo sus yemas. Aquel flujo, hasta entonces impecable, perdió su cauce y comenzó a girar cerca del hombro.

—Retire primero su energía.

Tras unos instantes de tensión, el anciano cerró la mano. Pung solo se apartó cuando la energía que palpaba su cuerpo se hubo retirado por completo. En ese momento, la otra mano del anciano descendió lentamente. Tal vez el borde de una manga lo había rozado al entrar con tanta rapidez: en la cara interna del índice izquierdo de Pung había aparecido un rasguño rojo, fino como un hilo.

El rostro del anciano se tensó al ver la sangre.

—Vaya.

Sacó del pecho un pequeño frasco de porcelana y se lo lanzó. Pung no lo recogió y se hizo a un lado; el frasco cayó sobre la hojarasca y dio una vuelta.

—Es un remedio para las heridas. No contiene veneno.

—¿Cómo espera que le crea?

En vez de responder, el anciano recogió el frasco, lo destapó y vertió un poco de polvo en la palma. Tomó una pizca con la punta de la lengua y la tragó; después frotó el resto sobre una pequeña herida en su antebrazo. Pung no había llegado a bloquear su punto vital, pero al parecer el borde de una uña le había abierto un corte superficial.

—Si esto tampoco te basta, no tienes por qué usarlo.

Dejó el frasco a los pies de Pung y retrocedió tres pasos. Pung examinó primero el olor. Reconoció el sanqi y la bletila, empleados para detener las hemorragias, y el coptis, que combatía la inflamación. No vio la energía turbia que desprendían las hierbas venenosas. Al aplicar el polvo sobre la herida, sintió un escozor y la sangre dejó de brotar enseguida.

—Habría bastado con que me lo preguntara así desde el principio.

—Hay cosas que no se pueden comprobar solo con palabras.

—¿Por eso introduce su energía en el cuerpo de un desconocido sin más?

Ante aquella réplica de Pung, de semblante endurecido, el anciano no buscó excusas. Contempló su propia sangre en el suelo y, de pronto, se inclinó. No fue un leve gesto de cabeza: dobló claramente la cintura.

—He sido arrogante. He visto solo a un niño en alguien dotado de semejantes ojos y semejante poder, y he pretendido ponerte a prueba sin consideración. Ni siquiera me he detenido a pensar en lo que habrás sufrido por esa fuerza. Lo siento.

Pung enmudeció ante aquella disculpa inesperada. Nunca había visto a un hombre anciano y poderoso inclinarse ante un muchacho mucho más joven que él. Hwang-u decía que, cuando uno se equivocaba, debía disculparse primero, fuera niño o adulto el otro; pero pocas personas lo hacían de verdad.

El anciano se irguió y miró a Pung a los ojos.

—Has leído cada hebra de mi energía antes de que tocara tu cuerpo. Y no solo eso: has encontrado al instante el punto donde se dividía el flujo y lo has cortado con la punta de un dedo. He dedicado media vida a las artes marciales, pero hace un momento, ante ti, no he sido más que un niño agitando un palo sin cuidado.

—…No entiendo qué quiere decir.

—Que tu visión y tu fuerza ya superan las de muchos maestros.

Pung recordó la sensación de haber apartado el flujo del anciano. No había tenido que exprimir sus fuerzas ni templar su ánimo. Todo estaba desplegado allí desde el principio; sus manos se habían limitado a elegir el camino más tenue. Ni él mismo sabía desde cuándo aquello le resultaba tan natural.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

—Que tú mismo no sabes cómo manejar ese poder.

El anciano miró el lugar donde había desplegado por primera vez la fuerza de su palma. La hierba estaba inclinada en una misma dirección y, en la tierra, había una huella poco profunda que Pung había dejado sin darse cuenta. En cambio, donde Pung había desviado la energía solo se habían desordenado unas cuantas hojas.

—Hace un momento dispersaste mi energía sin causar el menor daño a tu alrededor. Es un nivel que un artista marcial difícilmente alcanza aun dedicándole toda la vida. Pero, al instante siguiente, ni siquiera supiste recoger la fuerza con la que pisabas el suelo. Lo que eres capaz de hacer no coincide con lo que has aprendido.

Pung bajó los ojos hacia la tierra hundida bajo sus pies. Había cortado la energía del anciano con los dedos, pero no había percibido la fuerza que cargaba en su propio pie. No lo advertía porque resultaba demasiado fácil, y esa ignorancia lo volvía aún más peligroso.

—Cuando el recipiente es grande por naturaleza, también lo es la fuerza que contiene. Tú solo has encontrado los caminos de la energía y has aprendido incluso a hacerla circular y recogerla. Pero los principios que funcionan dentro de tu cuerpo no son los mismos que rigen el uso de la fuerza ante otra persona. Si sales al mundo de los ríos y los lagos sin haber aprendido cuánto soporta cada meridiano ni cómo regresa desde fuera una fuerza que has liberado, algún día ese poder te destruirá a ti antes que a nadie. He visto a varios muchachos perecer así.

Pung cerró la mano sobre el dedo que había dejado de sangrar. Recordó su decisión de no entrar en su hogar. Separado de Hwang-u por un simple muro, había podido percibir hasta el más mínimo detalle de su respiración y, aun así, no se había atrevido a cruzar. No temía a la persona que había al otro lado de la puerta, sino a sí mismo, a lo mucho que había cambiado.

Un miedo tardío le recorrió la espalda.

—Entonces, ¿qué debo hacer?

—Primero debes comprender cómo surge la energía de tu cuerpo y cómo se recoge. Si tus ojos pueden leer los canales de energía de otros, también tendrás que usarlos para ver con precisión los caminos por los que pasa tu propia fuerza.

—¿No basta con contenerla?

—Contenerla no es suficiente. La energía interna solo se vuelve verdaderamente tuya cuando la depuras mediante la respiración y un método de cultivo interior, la acumulas en el dantian y la haces circular por los puntos establecidos. Por grande que sea una fuerza, si contraviene los principios de circulación de la energía, no es distinta de un veneno que daña los meridianos.

El anciano continuó, alternando la mirada entre los hombros de Pung y el suelo bajo sus pies.

—Todos tus puntos están abiertos, y tus canales de energía son mucho más amplios que los de un artista marcial corriente. Tus huesos y tendones también son fuertes, como si hubieras pasado por una transformación de huesos y médula, pero tus hábitos al emplear la fuerza no están debidamente pulidos. Por ahora, el recipiente se limita a resistir. Si no aprendes dónde nace tu energía interna, qué meridianos atraviesa y por dónde sale cada vez que descargas fuerza, algún día ese inmenso poder destruirá tu cuerpo.

Pung recordó los primeros días en que había aprendido a manejar la fuerza en el Abismo sin Fondo. Durante aquellos cinco años, por deprisa que sanaran las heridas, el dolor no desaparecía con ellas. Que su cuerpo se hubiera fortalecido no significaba que pudiera emplear su poder sin límite. Cuando el flujo se desviaba, le faltaba el aliento y un dolor sordo permanecía durante largo rato en lo más profundo del dantian.

—¿Por qué quiere ayudarme?

El anciano no respondió de inmediato. Se remangó, examinó el codo que Pung había rozado y flexionó los dedos varias veces antes de hablar.

—Pertenecí a la Alianza Marcial. He visto a muchos niños de talento excepcional caer en ciertas manos y acabar destrozados. Cuando te vi, pensé que alguien te había obligado a aprender unas artes marciales peligrosas y luego te había abandonado. Por eso me precipité, y acabo de pagar el precio.

Pung no conocía la Alianza Marcial. Pero sí comprendía que el anciano no intentaba ocultar su error de juicio.

—Dígame primero su nombre.

—Me llamo Hyeonheo.

Tras presentarse, Hyeonheo abrió las manos vacías ante él.

—De joven tuve cierta fama en el mundo de los ríos y los lagos, pero ahora no soy más que un viejo retirado en las montañas.

—¿Qué es el mundo de los ríos y los lagos?

Las cejas de Hyeonheo se alzaron. Lo observó un rato, como si tratara de averiguar si bromeaba, y luego torció la boca con una expresión extraña.

—¿El muchacho que ha detenido mi mano dos veces no sabe qué es el mundo de los ríos y los lagos?

—¿Es un lugar distinto del mercado que hay al pie de la montaña?

Hyeonheo soltó una risa incrédula. En ella ya no quedaba nada de la cautela afilada de poco antes.

—Es más vasto que el mercado y más escarpado que las montañas. Llamamos mundo de los ríos y los lagos al mundo en que quienes dominan las artes marciales forman escuelas y clanes, y viven saldando deudas de gratitud y de rencor. Algunos se proclaman justos; otros ni siquiera ocultan su codicia.

—Entonces, ¿cómo se sabe quién es buena persona?

—Que sea difícil saberlo es precisamente uno de los males de ese mundo.

Con una sonrisa amarga, Hyeonheo se bajó la manga y cubrió la herida.

—Hay quienes dañan a otros bajo el nombre de las escuelas ortodoxas, y quienes protegen a los débiles aunque los llamen heterodoxos. No debes fiarte solo de un nombre. También debes guardarte de quienes actúan primero alegando buenas intenciones, como he hecho yo hoy.

Pung observó a Hyeonheo en silencio. Al menos no era alguien que culpara a otros de sus propios errores. Le había enseñado a no dañar la hierba; había mantenido la distancia al advertir su recelo y, después de herirlo, había demostrado primero en su propio cuerpo que el remedio era seguro. No podía concluir que fuera digno de confianza, pero merecía la pena observarlo un poco más.

—Me llamo Danpung. Por lo general, me llamaban Pung.

—Pung…

Hyeonheo repitió el nombre en voz baja.

—¿Quién es tu maestro?

Pung no respondió. Recordó, una tras otra, la cavidad subterránea, las prácticas que le desgarraban la carne y le rompían los huesos, y la oscuridad que nunca contestaba.

—No puedo decirlo.

—¿No quieres decirlo o no lo sabes?

—Eso tampoco se lo diré.

Hyeonheo asintió sin insistir. Observó un momento la respiración de Pung y señaló hacia lo alto de la montaña.

—Mi morada está a medio día de camino de aquí. Tengo antiguos tratados de medicina y escritos sobre los canales de energía que podrían ayudarte a examinar las reacciones de tu cuerpo. Si quieres, ven conmigo.

Pung no aceptó de inmediato.

—Tengo condiciones.

—Dime.

—No introduzca su energía en mi cuerpo sin mi permiso. Y, si digo que quiero marcharme, no debe impedírmelo.

Una leve sonrisa apareció en los labios de Hyeonheo.

—No eres mi discípulo; no tengo motivo para retenerte. Acepto ambas condiciones.

—Hay una más.

—Son unas cuantas.

—Durante el camino, iré detrás de usted.

Hyeonheo soltó una carcajada, pero Pung no sonrió. Solo había elegido una posición desde la que pudiera ver primero el flujo de energía y esquivarlo si el otro hacía algo sospechoso. Tal vez Hyeonheo lo comprendió, pues dejó de reír y asintió.

—Está bien. Observa con tus propios ojos y juzga por ti mismo.

Pung se echó la cesta a la espalda. No confiaba por completo en Hyeonheo, pero, ahora que conocía el peligro, era mejor averiguar qué ocurría que seguir vagando solo y acabar hiriendo a alguien por ignorancia. Si Hyeonheo faltaba a su palabra, se marcharía. Si lo atacaba, bastaría con interrumpir el flujo en una fisura de sus canales de energía, como había hecho antes.

Cuando se disponía a tomar la delantera por el sendero, Hyeonheo se detuvo de pronto. Alzó la vista hacia lo alto del precipicio donde Pung había estado recogiendo hierbas y se llevó un dedo a los labios.

Pung también contuvo el aliento.

El viento recorrió el valle. Entre los cantos de los pájaros y el roce de las hojas se filtró un sonido apenas perceptible. Alguien había rozado la corteza de un árbol al levantar el pie. A diferencia de la llegada de Hyeonheo, aquel era el movimiento de alguien que había intentado sofocar su presencia por la fuerza y había fallado.

Pung alzó la mirada. Una rama de pino se sacudió en lo alto del precipicio y algo parecido al faldón de una prenda negra desapareció tras una roca. Inmediatamente después, unos pasos rápidos se alejaron al otro lado de la cresta.

—¿Es alguien a quien conoce?

Sin responder, Hyeonheo se acercó al pie del precipicio. Junto a una roca quedaban musgo pisoteado y acículas de pino rotas. En el centro de un trozo de corteza había clavada una aguja negra, más fina que un cabello.

Cuando Hyeonheo acercó la mano a la aguja, el vello del dorso se contrajo levemente. En vez de extraerla con los dedos desnudos, quebró una rama y recortó con ella la corteza de alrededor. El lugar que la aguja negra había tocado comenzó a pudrirse a toda velocidad, como si le hubieran derramado tinta encima.

—Es una aguja envenenada.

—Sí. No es algo que lleve quien se interna en estas montañas solo para observar a la gente.

El último rastro de sonrisa desapareció del rostro de Hyeonheo. Envolvió la corteza en un paño y la guardó en el pecho. Después examinó la cresta del norte, siguiendo las huellas del fugitivo.

Pung también miró en aquella dirección, pero una sensación de tirón en la cara interna del dedo lo hizo bajar los ojos.

El anillo plateado palpitaba suavemente hacia la cresta del norte.

Fin del capítulo 3

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